La primera reacción moderna suele ser bastante comprensible: ¿el qué de quien?

Pero antes de reírnos demasiado conviene hacer un pequeño esfuerzo por entrar en el mundo medieval, porque la historia del llamado Santo Prepucio resulta mucho más interesante cuando entendemos que, para quienes lo veneraban, no se trataba de una broma. De hecho, terminó planteando un problema teológico sorprendentemente serio: si Jesús resucitó y ascendió corporalmente al cielo, ¿qué hacía una parte de su cuerpo guardada dentro de un relicario en Francia, Italia o cualquier otro lugar de Europa?

Y ése es apenas el principio.

Un mundo lleno de reliquias

Para entender el Santo Prepucio primero hay que entender qué significaba una reliquia. Hoy tendemos a imaginar las reliquias medievales como una colección un tanto macabra de huesos, dientes, cabellos y objetos de procedencia sospechosa, y ciertamente había bastante de eso.

Durante siglos circularon restos atribuidos a santos y mártires, fragmentos de ropa, objetos que supuestamente habían tocado y, en el nivel más prestigioso de todos, reliquias relacionadas directamente con Jesús y María. Pero para el cristiano medieval una reliquia no era simplemente un recuerdo histórico: era una conexión material con lo sagrado.

Los santos se consideraban intercesores ante Dios y sus restos tenían una importancia religiosa especial. Una tumba famosa podía convertirse en lugar de peregrinación, mientras que una reliquia a la que se atribuían milagros podía transformar una iglesia relativamente modesta en un santuario conocido a cientos o incluso miles de kilómetros.

Todo esto tenía, además, consecuencias muy terrenales. Las reliquias daban prestigio.

No existía, por supuesto, un ranking oficial de iglesias donde un fragmento de San Pedro valiera diez puntos, un dedo de San Bartolomé tres y una muela de mártir medio punto, pero la comparación no resulta del todo descabellada. La posesión de una reliquia prestigiosa podía aumentar enormemente la importancia de una iglesia o monasterio, atraer peregrinos, donaciones, patrocinadores y atención política.

Y aquellos peregrinos necesitaban comer, dormir y desplazarse. A su alrededor aparecían hospedajes, mercados, rutas y toda una actividad económica. En cierto sentido, una gran reliquia podía funcionar simultáneamente como símbolo religioso, fuente de identidad local y motor económico.

Por eso también eran codiciadas y, algunas veces, robadas.

Las reliquias de San Nicolás fueron trasladadas de Myra a Bari por marineros italianos; las de Santa Fe acabaron en Conques después de una operación que hoy probablemente describiríamos con bastante menos elegancia como robo. Existía incluso toda una literatura medieval sobre el furta sacra, el “robo sagrado” de reliquias.

La justificación podía ser maravillosa: si el santo permitía que se llevaran sus restos, quizá era porque deseaba cambiar de residencia. Convenientemente, los santos rara vez presentaban una denuncia.

¿Cuánta madera necesitó la Vera Cruz?

Entre las reliquias más prestigiosas estaban las relacionadas directamente con Cristo, y aquí comenzaban algunos problemas de inventario.

Por toda Europa aparecieron fragmentos de la llamada Vera Cruz, supuestamente procedentes de la cruz utilizada durante la crucifixión de Jesús. Con el tiempo fueron tantos que los críticos comenzaron a hacer cuentas.

Durante la Reforma, Juan Calvino se burló de la proliferación de reliquias cristianas y aseguró sarcásticamente que, si se reunían todos los fragmentos de la cruz que se mostraban a los fieles, habría suficiente madera para formar una carga considerable.

La crítica era deliberadamente mordaz, pero reflejaba un problema real: diferentes iglesias podían afirmar poseer fragmentos del mismo objeto, o incluso partes del mismo santo, sin que existiera un sistema centralizado capaz de verificar históricamente cada afirmación.

Incluso en México conservamos una pequeña huella lingüística de esta veneración. El nombre de Veracruz procede de la Villa Rica de la Vera Cruz, fundada por los hombres de Hernán Cortés en 1519 y bautizada en relación con las festividades cristianas de aquellos días.

Hoy una astilla de madera dentro de un relicario quizá no nos resulte demasiado impresionante. Para un creyente medieval podía representar un fragmento material del acontecimiento central de la historia humana. Ése era el mundo en el que apareció una reliquia todavía más extraordinaria.

Jesús fue circuncidado

El punto de partida no tiene nada de apócrifo. El Evangelio según Lucas dice que Jesús fue circuncidado al octavo día:

“Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús”.

Lucas 2:21

Y nada más. Para el autor de Lucas, aparentemente, el destino posterior del tejido resultante no merecía explicación.

Varios siglos después, sin embargo, alguien comenzó a preguntarse qué había ocurrido con él. Y aquí entramos en el fascinante mundo de los evangelios apócrifos.

Un momento: “apócrifo” no significa necesariamente “falso”

Aquí conviene detenernos un instante, porque la palabra apócrifo suele producir una impresión equivocada. Cuando escuchamos “evangelio apócrifo” es fácil imaginar una especie de evangelio falso, un texto fraudulento que trató de colarse en la Biblia hasta que alguna autoridad eclesiástica descubrió el engaño y lo expulsó. La historia es bastante más complicada.

Que un evangelio sea apócrifo significa, ante todo, que no forma parte del canon del Nuevo Testamento. Para la Iglesia católica no constituye Escritura inspirada, pero eso no convierte automáticamente en falsas todas las personas, lugares, costumbres o tradiciones que aparecen en él.

Además, bajo la etiqueta de “apócrifos” reunimos textos extraordinariamente distintos. Algunos son bastante antiguos y pueden conservar tradiciones que circulaban entre comunidades cristianas primitivas; otros aparecieron mucho más tarde y desarrollan con gran libertad episodios que los evangelios canónicos apenas mencionan. Y algunos, francamente, dejan volar la imaginación.

Para el historiador eso significa que no pueden leerse ingenuamente como si fueran crónicas periodísticas, pero tampoco tiene mucho sentido arrojarlos todos a la papelera bajo la etiqueta de “falsos”. Son documentos importantes para comprender qué creían, imaginaban, discutían y querían saber distintos grupos de cristianos.

Y, sobre todo, dejaron una huella enorme en el propio cristianismo.

Los evangelios canónicos cuentan muy poco sobre la infancia de Jesús y prácticamente nada sobre la juventud de María. Ese silencio dejó un espacio enorme para preguntas bastante naturales: ¿quiénes eran los padres de María?, ¿cómo había sido su infancia?, ¿cómo ocurrió exactamente el nacimiento de Jesús?, ¿qué sucedió durante la huida a Egipto?, ¿qué hacía Jesús cuando era niño?

Las generaciones posteriores comenzaron a llenar esos espacios. El Protoevangelio de Santiago, compuesto probablemente en el siglo II, cuenta una extensa historia sobre el nacimiento y la infancia de María. De allí proceden, por ejemplo, los nombres tradicionales de sus padres, Joaquín y Ana, personajes que no aparecen en los evangelios canónicos pero que terminaron incorporándose profundamente a la devoción, al arte y a la tradición cristiana.

Otros relatos añadieron todavía más detalles: aparecieron parteras en torno al nacimiento de Jesús, milagros durante la huida a Egipto y episodios de una infancia que Mateo, Marcos, Lucas y Juan jamás habían narrado.

Con el paso de los siglos ocurrió algo muy humano. Un detalle aparecía en un texto, después lo repetía un predicador, un artista lo pintaba en el muro de una iglesia y otro artista copiaba aquella imagen. Generaciones enteras crecían contemplándola hasta que, finalmente, el detalle parecía haber estado allí desde siempre.

Nuestra familiar imagen de los tres Reyes Magos es un ejemplo perfecto. El Evangelio de Mateo habla simplemente de unos magos procedentes de Oriente: no dice que fueran reyes, no dice que fueran tres y tampoco dice que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar.

El número tres terminó asociándose naturalmente con los tres regalos mencionados por Mateo —oro, incienso y mirra—; la condición de reyes se desarrolló relacionando el relato con otros textos bíblicos, y los nombres familiares aparecieron posteriormente dentro de la tradición cristiana.

Sin embargo, para nosotros los tres personajes, con sus coronas y sus nombres perfectamente definidos, parecen formar parte inseparable del relato del nacimiento de Jesús. Así funciona muchas veces la tradición: el texto proporciona unas cuantas líneas, las generaciones siguientes preguntan qué ocurrió antes, después o entre ellas, las historias comienzan a circular, alguien las escribe y los artistas las representan. Con el tiempo puede resultar sorprendentemente difícil distinguir entre lo que realmente dice el evangelio y lo que todos recordamos que dice el evangelio.

El Santo Prepucio nació precisamente dentro de ese mundo.

¿Y qué ocurrió con el prepucio?

Un texto conocido como Evangelio árabe de la infancia, conservado en manuscritos mucho posteriores a los evangelios canónicos, amplía enormemente los relatos sobre los primeros años de Jesús.

En una de las tradiciones que transmite aparece una anciana hebrea relacionada con la circuncisión. Después de la operación conserva lo cortado —según diferentes versiones, el prepucio o el cordón umbilical— dentro de un recipiente con aceite aromático. El relato llegó incluso a conectarse con el recipiente de perfume utilizado más tarde para ungir a Jesús.

Podemos observar aquí cómo crece una tradición. Lucas había escrito solamente una frase diciendo que Jesús fue circuncidado; siglos después alguien se hizo una pregunta que Lucas nunca había respondido: ¿qué ocurrió después con el prepucio?

Una tradición proporcionó una respuesta, otra explicó quién lo había conservado, alguna otra contó cómo había sobrevivido durante siglos y más tarde surgieron relatos que lo pusieron en manos de santos, papas y emperadores.

Finalmente, en algún momento de la Edad Media, aquellas historias dejaron de referirse únicamente a un objeto imaginado. En varias iglesias de Europa comenzó a aparecer el objeto mismo.

La multiplicación de los prepucios

Durante la Edad Media diferentes iglesias afirmaron poseer el auténtico præputium Domini, el prepucio del Señor. Determinar cuántos hubo depende de a quién se pregunte y qué período se examine: algunas recopilaciones hablan de ocho, otras de doce, catorce o dieciocho, mientras que los estudios modernos han identificado más de veinte reclamaciones relacionadas con distintas épocas y lugares.

No parece haber existido ningún momento en que una comisión eclesiástica reuniera dieciocho reliquias, las examinara cuidadosamente y declarara:

La realidad era mucho más desordenada. Se trataba de tradiciones locales desarrolladas durante siglos; algunas alcanzaron enorme prestigio regional, mientras que otras estuvieron asociadas con monasterios, peregrinaciones y relatos milagrosos. Cada una tenía su propia explicación sobre cómo aquella pequeña pieza anatómica había conseguido viajar desde la Judea del siglo I hasta Francia, Italia, Alemania o los Países Bajos.

Entre los lugares relacionados en distintos momentos con el Santo Prepucio aparecen Charroux, Amberes, Conques, Fécamp, Hildesheim, Besançon, Metz, Langres y, finalmente, Calcata.

Incluso dentro de la lógica medieval comenzaba a existir un pequeño problema aritmético. Podían existir muchos clavos asociados con la crucifixión y muchas astillas de la cruz, pero anatómicamente Jesús parecía haber dispuesto de una cantidad bastante limitada de prepucios.

Carlomagno entra en escena

Como ocurre frecuentemente con las reliquias, cuanto más importante era el objeto, más impresionante tendía a volverse también su biografía. Una de las leyendas más famosas relacionó el Santo Prepucio con Carlomagno.

Según diferentes versiones medievales, el emperador habría recibido la reliquia desde el mundo bizantino o incluso directamente de un ángel. Después la habría entregado a una iglesia, monasterio o al propio papa, dependiendo de la versión que estemos leyendo.

Suena magnífico, pero existe un pequeño problema: no tenemos a Carlomagno contándonos nada de eso. Las historias aparecen posteriormente y forman parte de la construcción legendaria alrededor de las reliquias.

Sin embargo, descartarlas simplemente diciendo “eso nunca ocurrió” sería perder una parte importante de la historia. En la sociedad medieval, historia, memoria, tradición religiosa y leyenda no estaban separadas utilizando nuestras categorías modernas. Una historia que relacionaba una reliquia con Carlomagno explicaba de dónde provenía, legitimaba su antigüedad y conectaba una iglesia local con una de las figuras más importantes de la Europa cristiana.

El mito tenía una función y, para quienes lo transmitían, podía formar parte perfectamente de su realidad.

El milagro de Charroux

Uno de los casos más interesantes es el de la abadía francesa de Charroux. En el siglo XI aparece allí documentada una reliquia identificada como el prepucio de Cristo, y alrededor de su descubrimiento se desarrolló un relato milagroso.

Según la tradición, cuando se abrió el relicario la supuesta reliquia apareció asociada con sangre fresca. Para un observador moderno eso provoca inmediatamente preguntas bastante diferentes de las que habría provocado en un cristiano medieval, porque para ellos no era simplemente un extraño fragmento de carne: era carne relacionada directamente con Cristo y sangre relacionada directamente con Cristo.

La distinción era teológicamente enorme.

Además, estudios modernos sobre Charroux han sugerido que quizá podamos observar en este episodio algo todavía más interesante: la formación histórica de la propia tradición. Antes de finales del siglo XI no existe una evidencia clara y continua de que la abadía poseyera aquella reliquia, por lo que es posible que una tradición previa fuera reinterpretada y que, alrededor del supuesto milagro, comenzara a consolidarse la identidad del objeto como el prepucio de Cristo.

Si así ocurrió, tenemos ante nosotros algo extraordinario: no simplemente la historia de una reliquia, sino posiblemente el proceso mediante el cual una reliquia adquiere su historia.

Y entonces apareció el verdadero problema

Hasta aquí podemos contemplar toda la cuestión como una curiosidad histórica, pero el Santo Prepucio provocaba una dificultad mucho más profunda.

La doctrina cristiana sostiene que Jesús murió, resucitó corporalmente y posteriormente ascendió corporalmente al cielo. Eso hacía que cualquier supuesto resto físico de Cristo planteara preguntas que un hueso de santo corriente no planteaba.

La mayoría de las reliquias relacionadas con Jesús podían ser objetos externos a su cuerpo: fragmentos de la cruz, espinas, clavos, prendas o elementos que supuestamente habían estado en contacto con él. El prepucio, en cambio, era literalmente una parte de su cuerpo.

Entonces la pregunta dejaba de ser una curiosidad anatómica y se convertía en un auténtico problema teológico:

¿Resucitó Jesús con prepucio o sin él? Si resucitó sin él, ¿su cuerpo glorificado estaba incompleto? Pero si resucitó con él, ¿qué era exactamente lo que se conservaba dentro del relicario? ¿Podía una parte verdadera del cuerpo de Cristo permanecer separada en la Tierra después de la Resurrección?

Visto desde fuera puede parecer una discusión absurda, pero una vez aceptadas las premisas de la teología cristiana medieval, el problema es perfectamente lógico. Y no fue solamente una ocurrencia de algún monje aburrido: la cuestión llegó suficientemente lejos como para relacionarse con el papa Inocencio III, uno de los pontífices intelectualmente más importantes de la Edad Media.

Inocencio conoció las discusiones acerca de supuestos restos corporales de Cristo, incluyendo el prepucio y el cordón umbilical, pero evitó pronunciarse definitivamente sobre su autenticidad. La prudencia era comprensible: declarar falso un objeto venerado durante generaciones podía crear un problema, pero declararlo auténtico podía crear uno todavía mayor.

A veces la respuesta teológica más segura es, sencillamente, Dios sabrá.

Cuando la carne se convierte en mística

El Santo Prepucio también aparece dentro de una dimensión del cristianismo medieval que para nosotros puede resultar todavía más desconcertante: su intensa espiritualidad corporal.

Hoy solemos pensar en “lo espiritual” como algo separado del cuerpo, mientras que el cristianismo medieval podía hacer exactamente lo contrario. La sangre de Cristo, sus heridas, su corazón, su sufrimiento y su carne podían convertirse en objetos de contemplación religiosa extremadamente intensa.

Un caso extraordinario es el de Agnes Blannbekin, una mística austríaca de finales del siglo XIII. Según el relato de sus experiencias, mientras meditaba sobre la circuncisión de Jesús comenzó a preguntarse qué había ocurrido con su prepucio. Durante una visión sintió entonces un pequeño fragmento de piel sobre su lengua y lo tragó; posteriormente volvió a aparecer y la experiencia se repitió.

Desde nuestra perspectiva es difícil leer la escena sin cierta perplejidad —o sin sentir una considerable simpatía por el confesor encargado de anotarla—, pero dentro de aquella espiritualidad representaba una forma de unión física e íntima con Cristo.

Un motivo relacionado aparece también alrededor de Catalina de Siena y su matrimonio místico con Jesús. En su espiritualidad aparece la imagen de la carne de Cristo como anillo nupcial, vinculando circuncisión, sangre, sacrificio y unión espiritual.

Para el lector moderno la imagen puede parecer inevitablemente extraña, incluso sexual, pero para ellos pertenecía a otro universo simbólico. Podemos encontrarlo cómico —probablemente es inevitable—, pero conviene recordar algo esencial: ellos no estaban contando un chiste.

El mundo cambia, y las reliquias también

A finales de la Edad Media y especialmente durante la Reforma, la veneración de reliquias comenzó a enfrentarse a críticas cada vez más fuertes. Los reformadores protestantes encontraron en su proliferación un blanco perfecto: ¿cuántos fragmentos podía tener una cruz?, ¿cuántos dientes podía perder un santo?, ¿y cuántos prepucios podía haber tenido exactamente Jesús?

La crítica tenía fuerza porque atacaba uno de los puntos más vulnerables de todo el sistema: la autenticidad. Una reliquia podía poseer una tradición de varios siglos, atraer peregrinos y estar rodeada de historias de milagros sin que existiera ninguna manera histórica o científica de demostrar que realmente había pertenecido al personaje al que se atribuía.

La propia Iglesia trató repetidamente de controlar abusos alrededor de las reliquias. El Concilio de Trento reafirmó su veneración dentro del catolicismo, pero también ordenó combatir supersticiones, abusos y el lucro indebido asociado con ellas.

Posteriormente muchas reliquias desaparecieron durante las guerras religiosas, la Reforma, revoluciones, saqueos y simples pérdidas. Los Santos Prepucios comenzaron también a desaparecer, aunque uno de ellos sobrevivió hasta tiempos sorprendentemente recientes.

Calcata: el último Santo Prepucio

A unos cincuenta kilómetros de Roma se encuentra el pequeño pueblo italiano de Calcata, donde durante siglos se conservó una reliquia que sus habitantes consideraban el auténtico Santo Prepucio.

Su historia era digna de una novela. Según la tradición local, la reliquia había estado originalmente en Roma y, durante el brutal Saqueo de Roma de 1527, un soldado alemán la habría robado. Posteriormente el soldado fue detenido cerca de Calcata y la reliquia terminó quedándose allí.

Con el tiempo Calcata se convirtió en lugar de peregrinación y durante siglos la población celebró públicamente la reliquia. Todavía en el siglo XX hubo procesiones relacionadas con ella.

Y entonces, en 1983, desapareció.

El párroco local informó que alguien había robado el objeto, y aquí la historia adquiere uno de esos detalles que ningún novelista debería inventar porque parecería demasiado obvio: para entonces aquella supuesta parte del cuerpo de Cristo, rodeada durante siglos por relatos de papas, emperadores, milagros y peregrinaciones, estaba guardada por el sacerdote dentro de una caja de zapatos.

Nunca volvió a aparecer.

Naturalmente surgieron teorías. Se habló de ladrones de reliquias, coleccionistas privados, grupos satánicos, neonazis, del propio sacerdote y, como era inevitable, del Vaticano. No existe evidencia sólida que permita responsabilizar a ninguno.

Así, en algún momento de 1983, después de siglos de historia bíblica, apócrifa, medieval y moderna, el Santo Prepucio de Calcata simplemente desapareció.

La terrible excomunión por hablar del prepucio

Y aquí llegamos a una historia especialmente interesante porque ya no pertenece solamente a la Edad Media: también pertenece a nosotros.

Durante años se ha repetido que en 1900 el Vaticano prohibió hablar o escribir públicamente sobre el Santo Prepucio bajo pena de excomunión. Algunas versiones añaden que en 1954 la pena se habría convertido en la temida condición de vitandus, una forma particularmente severa de excomunión que implicaba que los católicos debían evitar socialmente al sancionado.

La historia resulta irresistible. Es exactamente la clase de dato que uno cuenta durante una cena:

Durante décadas la afirmación ha pasado de libro en libro y de página web en página web, hasta terminar presentada casi siempre como un hecho perfectamente documentado.

Hay solamente un pequeño inconveniente: encontrar el famoso decreto resulta sorprendentemente difícil.

Existen referencias secundarias a restricciones eclesiásticas sobre la exhibición, veneración o discusión pública del Santo Prepucio en la época moderna, por lo que es perfectamente posible que detrás de la historia exista alguna disposición real. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la versión espectacular que suele circular: una fecha exacta, un decreto claramente identificable, una excomunión automática por hablar del tema y, posteriormente, la condición de vitandus.

Y es aquí donde la historia da una vuelta particularmente deliciosa, porque comenzamos riéndonos de los medievales por aceptar relatos transmitidos durante generaciones sobre una reliquia cuya procedencia nadie podía demostrar, pero terminamos haciendo algo bastante parecido.

Alguien afirmó que existía una excomunión, otro repitió la historia, después apareció en algún libro, pasó a páginas web, otras páginas copiaron a las anteriores y, finalmente, la afirmación adquirió ese curioso estatus de las cosas que “todo el mundo sabe”.

Hasta que alguien hace la misma pregunta incómoda que deberíamos hacer ante cualquier reliquia: ¿y dónde está el original?

Los medievales tenían sus mitos. Nosotros también

Es muy fácil mirar hacia atrás y sentirnos intelectualmente superiores. Una anciana conserva el prepucio de Jesús, un emperador lo recibe de un ángel, una reliquia comienza a sangrar, varias iglesias poseen simultáneamente el mismo fragmento anatómico y una mística lo siente aparecer repetidamente sobre su lengua. Desde nuestra perspectiva todo parece absurdo.

Pero para comprender la historia no basta con reírse de quienes vivieron dentro de otro sistema de creencias. Las reliquias tenían una función concreta: conectaban físicamente al creyente con lo sagrado, daban identidad a comunidades, legitimaban iglesias, atraían peregrinos y proporcionaban prestigio. Las historias que las rodeaban formaban parte de una visión del mundo en la que santos, milagros, intercesión divina y objetos sagrados eran posibilidades perfectamente reales.

Eso no significa que sus afirmaciones fueran verdaderas, pero sí nos ayuda a comprender por qué podían parecerles plausibles, y quizá ésa sea precisamente la parte más interesante del Santo Prepucio.

Durante siglos fue simultáneamente una reliquia, una atracción para peregrinos, una fuente de prestigio, una leyenda, un objeto de contemplación mística y un auténtico problema teológico. Después se convirtió en motivo de burla, finalmente desapareció y, alrededor de su desaparición, comenzamos a construir nuevas leyendas.

Tal vez ninguno de aquellos objetos haya tenido absolutamente ninguna relación con el Jesús histórico. Sin embargo, como fenómeno cultural, el Santo Prepucio consiguió algo considerablemente más impresionante: atravesó siglos de cambios religiosos, guerras, reformas, nuevas formas de pensar y finalmente la secularización de Europa, sin desaparecer nunca por completo de la imaginación humana.

La reliquia física de Calcata quizá se haya perdido, pero la historia continúa circulando, creciendo y adquiriendo nuevos detalles, exactamente como ocurrió con las leyendas medievales que la precedieron.

Y hay cierta ironía en que, después de dedicar tanto tiempo a preguntarnos cómo podían los medievales creer historias cuya procedencia era imposible de demostrar, hayamos terminado añadiendo nuestro propio capítulo al relato: el de una supuesta excomunión que todos repetimos, pero cuyo documento original resulta casi tan difícil de localizar como el propio Santo Prepucio.

Los medievales tenían sus mitos sobre el Santo Prepucio. Nosotros, al parecer, también.

Para profundizar

La historia de las reliquias medievales y del Santo Prepucio está rodeada por una mezcla particularmente complicada de documentación histórica, tradición religiosa, literatura apócrifa y leyendas posteriores. Algunas obras útiles para profundizar son:

  • Cynthia Hahn, Passion Relics and the Medieval Imagination: Art, Architecture, and Society.
    Un estudio académico sobre las reliquias vinculadas con la Pasión de Cristo y su importancia dentro de la cultura religiosa medieval.
  • Barbara Drake Boehm, “Relics and Reliquaries in Medieval Christianity”, The Metropolitan Museum of Art.
    Una excelente introducción al significado religioso, artístico, social y político de las reliquias en la Edad Media.
  • John Crook, The Architectural Setting of the Cult of Saints in the Early Christian West, c. 300–1200.
    Estudio sobre la relación entre los santos, sus reliquias, los santuarios y el desarrollo de los espacios destinados a peregrinación.
  • David Farley, An Irreverent Curiosity: In Search of the Church's Strangest Relic in Italy's Oddest Town.
    Una investigación moderna y deliberadamente irreverente sobre Calcata y la desaparición de su Santo Prepucio.
  • Protoevangelio de Santiago y otros evangelios de la infancia.
    Fundamentales para comprender cómo los textos cristianos apócrifos fueron desarrollando detalles que posteriormente pasaron al arte, la liturgia y las tradiciones populares.
  • Juan Calvino, Tratado de las reliquias (1543).
    Una crítica protestante particularmente mordaz a la proliferación y autenticidad de las reliquias veneradas en la Europa cristiana.