Lo que el arte medieval sí mostraba (y nosotros preferimos no ver)

Si uno entra a una iglesia medieval esperando solemnidad absoluta, silencio reverente… y cero sorpresas, es mejor que mire con cuidado.

Porque en más de una, escondido en algún rincón, hay algo que rompe completamente la escena.

Una figura obscena. Explícita, tallada en piedra y colocada ahí hace casi mil años.

Y entonces surge la pregunta incómoda:

¿Por qué hay imágenes de carácter sexual en una iglesia?

No es la escultura. Es nuestra idea del pasado

Hay que reconocerlo: tenemos una idea bastante distorsionada del pasado, en especial de la Edad Media.

Es una imagen que comenzó a construirse con la Ilustración, que, ante la brillantez del Renacimiento, necesitó un contraste claro: una época oscura, sucia, enemiga del conocimiento, sexualmente reprimida y completamente sometida a los dictados de la Iglesia.

Y no se trata de que no hubiera elementos de eso… sino que, con el tiempo, se convirtió en una caricatura persistente. Primero alimentada por los movimientos racionalistas del siglo XIX, luego por la literatura… y finalmente consolidada por la imagen cuidadosamente fabricada que Hollywood y otros medios de entretenimiento nos han vendido.

Según esta narrativa, la Edad Media era un mundo ordenado y profundamente reprimido. Un mundo donde la religión lo dominaba todo y el cuerpo era algo que debía ocultarse.

Pero basta mirar con un poco de atención para que esa imagen empiece a resquebrajarse.

Cuando la piedra contradice el relato

En iglesias románicas de Europa —particularmente en Irlanda, Gran Bretaña, Francia o el norte de España— aparecen una y otra vez figuras que no encajan en absoluto con ese relato: cuerpos desnudos, gestos obscenos, figuras grotescas, escenas deliberadamente exageradas… e incluso representaciones sexuales explícitas.

En España, especialmente en el norte, abundan los canecillos románicos: pequeñas esculturas en las cornisas de iglesias que representan desde escenas grotescas hasta actos sexuales explícitos. Lugares como la colegiata de San Pedro de Cervatos (Cantabria) son conocidos precisamente por la cantidad y claridad de estas imágenes.

Y no se trata solo de arquitectura. En manuscritos religiosos de la época aparecen con frecuencia dibujos marginales de carácter obsceno o satírico, realizados por los propios copistas.

Es decir, no estamos hablando de casos aislados. Estamos ante un fenómeno cultural real, visible y relativamente extendido.

No están escondidas. No son errores. No son añadidos posteriores.

Están integradas en la arquitectura misma del templo.

Así que cuando vemos elementos de carácter abiertamente sexual en una iglesia, nuestra reacción inmediata es: “Esto no debería estar aquí”.

Pero el problema no es la escultura.

El problema es que esa Edad Media… nunca existió así.

La Edad Media real no es como la pinta Hollywood.

Es una reconstrucción moderna, filtrada por siglos de moral posterior, cine, televisión y una buena dosis de imaginación.

Una realidad más compleja (y menos cómoda)

La gente reía, se divertía, apreciaba el color, y tenía una vida cotidiana mucho más rica de lo que solemos imaginar… y sí, la sexualidad estaba presente y visible en ciertos contextos, aunque eso no significa que fuera “libre” en el sentido moderno.

Ahora bien, tampoco hay que idealizar.

Eran tiempos de guerras constantes, enfermedades, conflictos entre nobles, y una Iglesia que buscaba consolidar su poder de forma cada vez más estructurada.

Aquí conviene matizar otro de los clichés más extendidos: la idea de una Edad Media obsesionada con la caza de brujas. En realidad, durante gran parte del periodo medieval, la preocupación principal no eran las brujas, sino las herejías. El gran auge de las persecuciones por brujería ocurrió más tarde, entre los siglos XV y XVII. La diferencia no es menor, aunque desde luego no sea consuelo para las víctimas.

Lo que hacemos al mezclar estos fenómenos es construir una narrativa simplificada donde todo parece ocurrir al mismo tiempo… porque nos resulta más fácil encajarla así.

Un ejemplo concreto: las Sheela-na-gigs

Uno de los ejemplos más conocidos —y más desconcertantes— son las Sheela-na-gigs, esculturas medievales presentes en iglesias de Irlanda y Gran Bretaña. Representan figuras femeninas desnudas que muestran de forma explícita sus genitales, a menudo con una exageración deliberada. Para un visitante moderno, el efecto es inmediato: no encaja con la idea de un espacio religioso decoroso.

Sin embargo, los estudios académicos no las interpretan como simple provocación. Se han propuesto distintas lecturas: advertencias contra la lujuria, símbolos de fertilidad o incluso figuras apotropaicas destinadas a proteger el edificio. No hay consenso absoluto, pero sí un punto en común: no eran accidentes.

Este tipo de imágenes no era exclusivo de Irlanda. En iglesias románicas de Francia y España también aparecen figuras grotescas: hombres en actitudes obscenas, animales híbridos, escenas exageradas o deliberadamente incómodas. En muchos casos, estas representaciones funcionaban como advertencias visuales. No celebran el sexo; lo muestran como exceso, desorden o peligro.

En una sociedad mayoritariamente analfabeta, un sermón no siempre bastaba. Las imágenes debían ser directas, impactantes… incluso incómodas. Lo grotesco no era un error del sistema, sino parte del sistema.

Y aun así, no todo puede reducirse a una sola interpretación. Algunas de estas figuras también pueden reflejar tradiciones populares, símbolos heredados o incluso una dimensión humorística que hoy nos resulta difícil de reconocer. La Edad Media no era un bloque uniforme, sino un mosaico de prácticas, creencias y contradicciones.

Lo que sí parece claro es que estas imágenes tenían sentido dentro de su propio contexto cultural. No eran bromas privadas ni fallos accidentales. Formaban parte de un lenguaje visual que hoy solo entendemos parcialmente.

Una relación distinta con el cuerpo

Aquí hay un punto clave. La Edad Media no separaba el cuerpo de la misma manera que nosotros. Aunque la moral era estricta, la relación con lo corporal era distinta: más cotidiana, menos compartimentada.

Lo grotesco, lo físico y lo sexual podían coexistir con lo sagrado sin provocar el mismo escándalo que hoy causarían. Nosotros, en cambio, vivimos en una cultura que separa radicalmente esos espacios, y esa diferencia transforma por completo nuestra interpretación.

Y sí, también había humor. La Edad Media tenía carnavales, burlas, inversión de normas y un gusto evidente por lo grotesco. No todo era sermón. Algunas de estas imágenes pueden estar enseñando… pero otras, simplemente, podrían estar riéndose.

El verdadero problema

Es muy fácil mirar al pasado y asumir que pensaba como nosotros. Entonces elegimos entre dos caricaturas: un mundo oscuro y reprimido… o uno romántico y “más auténtico”. Ambas son ilusiones.

La incomodidad que sentimos ante estas imágenes no es solo producto del pasado, sino de nuestras propias expectativas.

Por cierto: esto no lo vas a encontrar en América Latina

Antes de salir a buscar estas figuras en la iglesia de la esquina, vale la pena aclararlo: esto no ocurrió en América Latina. No porque aquí fueran “más decentes”, sino porque no existen iglesias del periodo románico. El arte religioso llegó siglos después, ya filtrado por la Contrarreforma, con una iconografía mucho más controlada.

Cierre

El pasado no era más puro. Ni más simple. Ni más coherente. Ni más bárbaro. Ni más espiritual.

Solo era humano.

Y como todo lo humano, estaba lleno de contradicciones… y de cosas que dejan de parecer extrañas en cuanto dejamos de mirarlas con filtros modernos.

No se trata de juzgar el pasado. Se trata de entender que no pensaba como nosotros.

Y que cuando algo nos parece fuera de lugar… muchas veces lo que está fuera de lugar es nuestra interpretación.