Dos maneras de ser israelita

Samaritanos y judíos comparten una parte fundamental de su tradición religiosa. Ambos veneran al Dios de Israel, consideran a Moisés su gran legislador, practican la circuncisión, celebran la Pascua y reconocen la Torá.

Pero existe una diferencia fundamental.

Para la tradición judía, Jerusalén terminó convirtiéndose en el centro religioso legítimo de Israel.

Para los samaritanos, el lugar escogido por Dios es el monte Gerizim, junto a la antigua Siquem y la actual Nablus.

Esta diferencia está en el corazón de una separación religiosa que probablemente tardó siglos en desarrollarse.

Una precisión importante: no es muy adecuado describir al samaritanismo simplemente como una “forma antigua del judaísmo”. Es preferible pensar en dos tradiciones estrechamente emparentadas que surgieron del antiguo mundo israelita y evolucionaron paralelamente. Ninguna de las dos permaneció congelada en la religión de los siglos VIII o VII a. C.

¿De dónde vienen los samaritanos?

Su origen ha sido objeto de discusión desde la Antigüedad y poseemos distintas tradiciones que intentan explicarlo.

La tradición samaritana

Según los propios samaritanos, ellos son israelitas auténticos, principalmente descendientes de las antiguas tribus septentrionales de Efraín y Manasés, junto con una tradición sacerdotal levítica.

Cuando el Imperio asirio destruyó el reino de Israel en el siglo VIII a. C., una parte de la población fue deportada, pero otra permaneció en la región. Los samaritanos se consideran descendientes de aquellos israelitas que permanecieron en la tierra.

La tradición conservada en 2 Reyes

El relato bíblico de 2 Reyes 17 presenta una explicación diferente y claramente polémica. Según ese texto, después de conquistar Samaria los asirios introdujeron poblaciones procedentes de otras partes de su imperio. Estos nuevos habitantes habrían adoptado el culto a Yahvé sin abandonar completamente sus antiguas divinidades.

Esta tradición fue utilizada posteriormente para presentar a los habitantes de Samaria como extranjeros cuya religión israelita era, en cierto modo, incompleta o ilegítima.

¿Qué dicen las fuentes asirias?

Las inscripciones asirias confirman una parte importante del panorama: después de la conquista de Samaria, los asirios deportaron a miles de sus habitantes e introdujeron poblaciones procedentes de otros territorios.

Pero las deportaciones asirias no significaban necesariamente vaciar por completo una región. Una parte considerable de la población local permanecía normalmente en su territorio.

Por ello, la explicación histórica más razonable no consiste en escoger simplemente entre “israelitas” o “colonos extranjeros”.

La población de Samaria posterior a la conquista asiria probablemente fue resultado de una combinación de continuidad de la población israelita local, deportaciones, inmigración y siglos de evolución cultural y religiosa.

Un problema con nuestras fuentes

Conviene recordar que ni los relatos judíos ni las tradiciones samaritanas fueron escritos como investigaciones históricas modernas. Ambos grupos construyeron relatos sobre su propio pasado que justificaban su identidad y la legitimidad de su santuario.

Por eso no podemos simplemente preguntar cuál de los dos “dice la verdad”. Debemos comparar sus tradiciones con las fuentes asirias, la arqueología, las inscripciones, la historia textual y, con muchas precauciones, los estudios genéticos.

Lo que nos dice la genética

Los estudios genéticos realizados sobre la diminuta población samaritana moderna han aportado otra pieza al problema.

Algunos estudios de los linajes paternos muestran una importante afinidad entre samaritanos y diversas poblaciones judías y son compatibles con la existencia de una ascendencia compartida procedente de antiguas poblaciones del Levante.

Esto hace difícil sostener la vieja imagen de que los samaritanos sean simplemente descendientes de extranjeros establecidos por los asirios que posteriormente adoptaron la religión israelita.

Sin embargo, tampoco debemos ir demasiado lejos.

La genética moderna no puede identificar a alguien como miembro de la “tribu de Efraín” o de la “tribu de Manasés”, porque no poseemos poblaciones genéticas antiguas claramente definidas que correspondan a esas categorías bíblicas.

Además, los samaritanos actuales proceden de una población extremadamente pequeña y muy endogámica, por lo que los efectos de fundador y la deriva genética complican cualquier reconstrucción.

Lo que sí podemos decir razonablemente es que una parte importante de sus antepasados parece proceder de las antiguas poblaciones israelitas de la región.

Jerusalén y el monte Gerizim

Después de la destrucción del reino de Judá por los babilonios en 586 a. C., parte de la población —especialmente sectores de la élite— fue deportada a Babilonia.

Durante el posterior periodo persa, Jerusalén volvió a convertirse en un importante centro religioso.

Pero Jerusalén no era el único centro de culto a Yahvé de la región. En Samaria se desarrolló un importante santuario en el monte Gerizim.

La arqueología confirma la existencia de un gran complejo religioso en Gerizim durante los periodos persa tardío y helenístico, posteriormente ampliado y rodeado por un importante asentamiento.

Las relaciones entre las poblaciones de Judá y Samaria no tuvieron que ser siempre hostiles. De hecho, una de las conclusiones más interesantes de la investigación moderna es que la separación entre judíos y samaritanos probablemente fue gradual.

Durante mucho tiempo existieron similitudes, contactos e incluso tradiciones religiosas compartidas.

Con el paso de los siglos, sin embargo, cada comunidad defendió su propio santuario como el lugar legítimamente escogido por Dios.

La ruptura se hizo mucho más profunda durante el periodo helenístico y asmoneo. A finales del siglo II a. C., el gobernante judío Juan Hircano conquistó la región y destruyó el santuario samaritano del monte Gerizim.

Para entonces, samaritanos y judíos estaban desarrollando identidades religiosas claramente diferenciadas, aunque ambos reclamaban ser herederos legítimos del antiguo Israel.

La Biblia samaritana

Los samaritanos reconocen como Escritura únicamente los cinco libros atribuidos tradicionalmente a Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

No reconocen como Escritura los Profetas ni los demás libros de la Biblia hebrea, y naturalmente tampoco los textos del Nuevo Testamento cristiano.

Su versión de la Torá es conocida como el Pentateuco Samaritano.

Tradicionalmente se escribe utilizando el alfabeto samaritano, descendiente de las antiguas formas de escritura paleohebrea. El judaísmo, por su parte, terminó utilizando la escritura hebrea cuadrada derivada del arameo.

El Pentateuco Samaritano es extraordinariamente parecido al texto de la Torá conservado por los judíos, pero contiene numerosas variantes. La inmensa mayoría son pequeñas diferencias ortográficas, gramaticales o armonizaciones entre pasajes.

Otras tienen una clara importancia religiosa.

La más conocida afecta precisamente al lugar escogido por Dios: la tradición samaritana identifica al monte Gerizim como el santuario legítimo.

Qumrán complicó todavía más la historia

El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto durante el siglo XX cambió considerablemente nuestra comprensión de la historia de los textos bíblicos.

Entre los manuscritos de Qumrán aparecieron textos de la Torá que comparten algunas de las características que antes se asociaban casi exclusivamente con el Pentateuco Samaritano.

Estos manuscritos suelen denominarse, con algunas reservas, “pre-samaritanos”.

Esto indica que muchas características textuales del Pentateuco Samaritano no fueron inventadas posteriormente por los samaritanos, sino que pertenecían a formas antiguas del texto que circulaban también fuera de su comunidad.

Los samaritanos incorporaron además algunas modificaciones propias, especialmente aquellas relacionadas con el monte Gerizim.

El resultado es particularmente interesante: el Pentateuco Samaritano no es simplemente una copia alterada de una Biblia judía ya establecida. Es uno de los grandes testigos de una época en la que todavía circulaban distintas formas del texto de la Torá.

Samaritanos y judíos en tiempos de Jesús

En el siglo I las diferencias entre ambas comunidades eran perfectamente conocidas.

El Evangelio de Juan conserva una escena especialmente interesante cuando Jesús conversa con una mujer samaritana. La conversación acaba llegando precisamente al viejo problema:

¿Debe adorarse a Dios en Jerusalén o en aquella montaña?

La montaña era, naturalmente, Gerizim.

Es dentro de este contexto donde la parábola del Buen Samaritano adquiere toda su fuerza.

El personaje que finalmente actúa con compasión no pertenece al grupo del que el público esperaba necesariamente un comportamiento ejemplar. Pertenece a una comunidad rival.

La provocación de la historia no consiste solamente en decir “hay que ayudar a los demás”. Obliga al oyente a reconocer como prójimo incluso al miembro de un grupo despreciado.

¿Por qué un “buen samaritano”?

Para un lector moderno existe un problema curioso: conocemos tan bien la parábola que la palabra “samaritano” ha terminado significando prácticamente lo contrario de lo que hacía funcionar originalmente la historia.

Hoy llamamos “buen samaritano” a cualquiera que ayuda desinteresadamente a otra persona. Pero para comprender la provocación de la parábola debemos olvidar por un momento ese significado posterior.

Como ya comentamos, en el mundo en que se sitúa el relato, judíos y samaritanos pertenecían a comunidades estrechamente relacionadas, pero rivales. Ambos se consideraban herederos de Israel, ambos reconocían la Torá y adoraban al mismo Dios, pero discrepaban sobre cuestiones fundamentales, especialmente sobre cuál era el santuario legítimo: Jerusalén o el monte Gerizim.

La parábola de Lucas 10 está además construida dentro de un contexto inequívocamente judío. Un experto en la Ley pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna y la conversación gira alrededor de dos mandamientos de la Torá: amar a Dios y amar al prójimo.

Cuando el hombre pregunta «¿quién es mi prójimo?», Jesús responde con una historia.

Un hombre queda herido en el camino entre Jerusalén y Jericó. Primero pasa un sacerdote. Después pasa un levita. Ninguno lo auxilia.

El tercer personaje es un samaritano.

Para que la historia funcione, esa elección no puede ser accidental. Quien puso la parábola en la forma en que la conocemos comprendía que samaritanos y judíos mantenían una antigua rivalidad y sabía que convertir precisamente al samaritano en el personaje ejemplar invertía las expectativas del oyente.

El detalle que hoy resulta fácil perder: el samaritano no era simplemente “un extranjero amable”. Pertenecía a una comunidad israelita rival, con su propio sacerdocio, su propia versión de la Torá y su propio santuario. La fuerza de la parábola está precisamente en hacer que sea él quien cumple el mandamiento de amar al prójimo.

El propio Evangelio de Lucas demuestra conocer ese conflicto. Apenas un capítulo antes, en Lucas 9, una aldea samaritana se niega a recibir a Jesús porque se dirige hacia Jerusalén. Más adelante, en Lucas 17, el único de diez enfermos curados que regresa a agradecer es también un samaritano.

Lucas utiliza, por tanto, la identidad samaritana de manera consciente: primero aparece la hostilidad entre ambas comunidades y después utiliza personajes samaritanos para romper las expectativas de su audiencia.

Esto no significa necesariamente que el Evangelio de Lucas estuviera escrito exclusivamente para judíos. Su audiencia pudo ser griega o estar formada por una mezcla de cristianos judíos y gentiles. Escribir en griego tampoco implicaba estar desconectado del mundo judío: el griego era una lengua de uso general en el Mediterráneo oriental y millones de judíos utilizaban las Escrituras en su traducción griega.

Lo que sí podemos afirmar es algo más modesto e históricamente interesante: el autor de Lucas conocía suficientemente bien las tensiones entre judíos y samaritanos como para convertirlas en parte esencial de su narración.

El periodo romano y bizantino

Los samaritanos no desaparecieron después de la época del Nuevo Testamento. Durante los primeros siglos de nuestra era llegaron a formar una comunidad considerable y existieron poblaciones samaritanas en diferentes regiones del Mediterráneo oriental.

Su situación se volvió especialmente difícil durante el Imperio romano cristiano y posteriormente durante el periodo bizantino.

En los siglos V y VI se produjeron graves enfrentamientos entre samaritanos y las autoridades imperiales cristianas, incluyendo rebeliones importantes en los años 484 y 529.

También hubo episodios de violencia contra poblaciones cristianas. Las represalias imperiales fueron extremadamente duras.

Miles de samaritanos murieron, fueron esclavizados, desplazados o terminaron convirtiéndose al cristianismo. Se impusieron además restricciones sobre sus instituciones y prácticas religiosas.

No fueron exterminados, pero este periodo contribuyó enormemente a la reducción de una comunidad que anteriormente había sido mucho más numerosa.

Bajo gobiernos musulmanes y cristianos

La conquista árabe del siglo VII terminó con el dominio bizantino sobre Palestina.

Durante los siglos siguientes la situación de los samaritanos cambió muchas veces dependiendo del gobernante, del lugar y de las circunstancias políticas.

Hubo periodos de relativa estabilidad y tolerancia, pero también impuestos especiales, discriminación, persecuciones y conversiones al islam.

Durante las Cruzadas quedaron nuevamente atrapados entre potencias rivales. Las fuentes muestran situaciones distintas según el momento, por lo que no es posible caracterizar todo este periodo simplemente como uno de tolerancia o de persecución.

Posteriormente existieron comunidades samaritanas en ciudades como Nablus, Gaza, Damasco y El Cairo.

Con el tiempo muchas de esas comunidades desaparecieron mediante migración, conversión o integración en las poblaciones circundantes. Algunas familias musulmanas de la región de Nablus conservan incluso tradiciones sobre un posible origen samaritano.

A comienzos del siglo XX la comunidad estuvo peligrosamente cerca de desaparecer: quedaban menos de 150 samaritanos.

Los samaritanos actuales

Contra todo pronóstico, la comunidad sobrevivió y durante el último siglo volvió a crecer lentamente.

Actualmente existen alrededor de 900 samaritanos.

Viven principalmente en dos comunidades.

Monte Gerizim

Una parte de la comunidad vive en Kiryat Luza, sobre el monte Gerizim, junto a Nablus, en Cisjordania.

Allí se encuentra su principal centro religioso y reside el sumo sacerdote samaritano.

Holon

La otra gran comunidad vive en Holon, al sur de Tel Aviv, en Israel.

Sus integrantes participan ampliamente de la sociedad israelí contemporánea manteniendo al mismo tiempo su identidad religiosa samaritana.

Esta división produce una situación cultural muy particular. En Holon predomina el hebreo moderno en la vida cotidiana, mientras que en la comunidad del monte Gerizim el árabe tiene una presencia mucho mayor.

En sus ceremonias religiosas conservan además el hebreo samaritano y una tradición litúrgica propia.

Su situación política también es inusual debido a su presencia a ambos lados del conflicto israelí-palestino. Históricamente han procurado mantener buenas relaciones con las comunidades que los rodean y evitar identificarse completamente con uno de los dos campos.

Tampoco es del todo correcto describirlos simplemente como una rama del judaísmo.

Los samaritanos mantienen deliberadamente una identidad religiosa propia. Ellos no se consideran judíos.

Se consideran israelitas.

Y desde su perspectiva histórica no fueron ellos quienes abandonaron la verdadera religión de Israel: fueron los demás quienes se apartaron de ella.

Una religión antigua que sigue viva

Quizá lo más extraordinario de los samaritanos es que no son simplemente el recuerdo histórico de una disputa mencionada en la Biblia.

Siguen celebrando sus festividades, conservan un sacerdocio hereditario, transmiten su Pentateuco y cada año celebran la Pascua en el monte Gerizim.

Durante la ceremonia pascual todavía realizan el sacrificio ritual de corderos siguiendo las prescripciones tradicionales de la Torá, una práctica que desapareció del judaísmo rabínico después de la destrucción del Templo de Jerusalén.

Durante más de dos mil años estuvieron rodeados por pueblos, religiones e imperios muchísimo más numerosos.

Asirios, babilonios, persas, griegos, romanos, bizantinos, diferentes califatos musulmanes, cruzados, mamelucos y otomanos gobernaron sucesivamente la región.

Los samaritanos sobrevivieron a todos ellos.

Y quizás esa sea la parte más interesante de su historia: aquellas personas que aparecen como los rivales de los judíos en el Nuevo Testamento todavía existen, todavía suben al monte Gerizim y todavía se consideran descendientes del antiguo Israel.


Lecturas recomendadas

La historia de los samaritanos es un campo especializado y muchas afirmaciones tradicionales sobre su origen han sido revisadas durante las últimas décadas gracias a la arqueología del monte Gerizim, los manuscritos del Mar Muerto y una reconsideración crítica de las fuentes bíblicas y antiguas.

Introducciones y estudios generales

Reinhard Pummer, The Samaritans: A Profile

Eerdmans, 2016. Probablemente una de las mejores introducciones modernas a la historia, religión, literatura y situación actual de los samaritanos.

Gary N. Knoppers, Jews and Samaritans: The Origins and History of Their Early Relations

Oxford University Press, 2013. Especialmente útil para comprender por qué actualmente se considera problemática la idea de una ruptura sencilla y repentina entre judíos y samaritanos.

Magnar Kartveit, The Origin of the Samaritans

Brill, 2009. Estudio académico amplio sobre las distintas explicaciones propuestas para el origen de la comunidad samaritana y la formación de su identidad.

Para profundizar

Alan D. Crown (ed.), The Samaritans

Mohr Siebeck, 1989. Obra colectiva extensa y ya clásica. Algunos capítulos han sido superados por investigaciones más recientes, pero continúa siendo una referencia importante para numerosos aspectos de la historia y cultura samaritanas.

Emanuel Tov, “The Samaritan Pentateuch and the Dead Sea Scrolls”

Un buen punto de entrada para comprender la relación entre el Pentateuco Samaritano y los manuscritos denominados “pre-samaritanos” encontrados en Qumrán.

Peidong Shen et al., “Reconstruction of Patrilineages and Matrilineages of Samaritans and Other Israeli Populations from Y-Chromosome and Mitochondrial DNA Sequence Variation”

Human Mutation, 2004. Uno de los estudios genéticos más citados sobre la relación entre los samaritanos y otras poblaciones de la región. Conviene interpretarlo como evidencia de afinidad poblacional, no como identificación genética de las tribus bíblicas.

Fuentes antiguas

Estas fuentes son fundamentales para estudiar el problema, pero deben leerse como documentos producidos dentro de conflictos religiosos y políticos concretos, no como relatos neutrales:

  • 2 Reyes 17, para la explicación judeana de la población de Samaria después de la conquista asiria.
  • Esdras y Nehemías, para las tensiones entre Jerusalén y las autoridades y poblaciones de Samaria durante el periodo persa.
  • Flavio Josefo, Antigüedades judías, especialmente para las tradiciones sobre Samaria, el monte Gerizim y las relaciones con los judíos.
  • Juan 4, para la controversia sobre Jerusalén y Gerizim en el siglo I.
  • Lucas 10:25–37, la parábola del Buen Samaritano.