¿Se puede llegar al espacio de un cañonazo?

En 1865 Julio Verne publicó De la Tierra a la Luna, una novela en la que imaginó un gigantesco cañón, el Columbiad, capaz de disparar una cápsula tripulada hacia la Luna.
La idea tiene un pequeño inconveniente.
Para lanzar directamente un proyectil desde la superficie terrestre hacia el espacio profundo sería necesario alcanzar una velocidad comparable con la velocidad de escape de la Tierra: unos 11,2 kilómetros por segundo, aproximadamente 33 veces la velocidad del sonido.
Alcanzar semejante velocidad durante los pocos segundos —o fracciones de segundo— que un proyectil permanece dentro de un cañón produciría aceleraciones enormes.
Ningún ser humano sobreviviría.
Para los instrumentos científicos, sin embargo, la situación era diferente. Un aparato diseñado específicamente para soportarlo podía resistir aceleraciones que convertirían a los pasajeros de Julio Verne en una aportación semiliquida bastante delgada a la pared posterior de la cápsula.
Y eso llevaba a una pregunta bastante razonable:
Si no podemos disparar personas al espacio,
¿podríamos disparar instrumentos científicos o incluso pequeños satélites?
Esa fue la idea que dio origen al High Altitude Research Project, HARP.
Gerald Bull y el sueño del cañón espacial
Durante las décadas de 1940 y 1950 Canadá desarrolló diversos programas de investigación militar y balística. Uno de sus centros era el Canadian Armament Research and Development Establishment (CARDE), donde trabajó un joven ingeniero canadiense llamado Gerald Bull.
Bull se especializó en aerodinámica supersónica, artillería y proyectiles de alta velocidad. Era un ingeniero extraordinariamente talentoso y estaba fascinado por una posibilidad: utilizar enormes cañones para lanzar objetos a altitudes que hasta entonces estaban reservadas a los cohetes.
A comienzos de la década de 1960 pasó a trabajar en la Universidad McGill, en Montreal, donde encontró un aliado en Donald L. Mordell, decano de Ingeniería de McGill.
Bull aportaba buena parte de la concepción técnica; Mordell ayudó a conseguir respaldo institucional y financiero.
El proyecto terminó convirtiéndose en una colaboración entre la Universidad McGill, Canadá y el Ejército de Estados Unidos.
¿Por qué Barbados?

Una de las principales instalaciones experimentales se construyó en Barbados.
La ubicación ofrecía una ventaja bastante evidente cuando uno pretende disparar proyectiles gigantescos casi verticalmente:
había muchísimo océano alrededor.
Los proyectiles podían ser lanzados hacia la alta atmósfera sobre el Atlántico, reduciendo considerablemente el riesgo para las poblaciones situadas alrededor del campo de pruebas.
Es una consideración nada trivial. Cuando un experimento consiste en lanzar objetos de decenas o cientos de kilos a velocidades de varios miles de kilómetros por hora, resulta conveniente tener cierta idea de dónde van a caer.
Un cañón naval convertido en instrumento científico
El corazón del proyecto era un antiguo cañón naval estadounidense de 16 pulgadas, unos 40 centímetros de calibre, del tipo utilizado originalmente en grandes buques de guerra.
El sistema fue posteriormente ampliado mediante tubos adicionales hasta formar un cañón de aproximadamente 36 metros de longitud.
Los proyectiles experimentales recibieron el nombre de Martlet, en referencia a las pequeñas aves que aparecen en el escudo de la Universidad McGill.
Y no eran proyectiles normales.
Algunos experimentos podían someterlos a aceleraciones de más de 10.000 g y, en determinadas configuraciones, del orden de 25.000 g.
La electrónica debía construirse especialmente para sobrevivir al disparo. Algunos circuitos eran encapsulados en materiales plásticos para impedir que la brutal aceleración destruyera sus componentes.
Un astronauta no habría tenido ninguna posibilidad.
Los instrumentos, en cambio, sí podían sobrevivir.
Cuando disparar un instrumento científico se escucha en toda una isla
Los primeros Martlet fueron utilizados para estudiar la alta atmósfera y podían transportar instrumentos, sistemas de telemetría, materiales para mediciones atmosféricas y otras cargas experimentales.
Hacia mediados de la década de 1960 algunos de los proyectiles lanzados desde Barbados alcanzaban ya altitudes superiores a los 100 kilómetros.
Es decir: el proyecto había conseguido lanzar objetos por encima de la llamada línea de Kármán, utilizada convencionalmente como límite del espacio.
Los disparos, naturalmente, no eran discretos.
El estampido del enorme cañón podía escucharse a gran distancia —una fuente de NASA señala que se oía prácticamente en todo Barbados— y las detonaciones sacudían el suelo y las construcciones cercanas.
Claro que necesitaba un cañón naval de 40 centímetros y una enorme carga explosiva para conseguirlo.
Llegar al espacio no es lo mismo que quedar en órbita
Aquí aparece una distinción importante que con frecuencia se pierde al hablar del proyecto.
Un proyectil puede alcanzar 100, 150 o incluso 200 kilómetros de altura y, sin embargo, simplemente volver a caer.
Llegar al espacio no significa estar en órbita.
Para permanecer alrededor de la Tierra, un satélite en una órbita baja necesita desplazarse lateralmente a una velocidad cercana a 7,8 kilómetros por segundo.
Los ingenieros de HARP lo sabían perfectamente.
Por esa razón el proyecto evolucionó hacia vehículos como el Martlet 4, concebidos como proyectiles asistidos por cohetes. El enorme cañón proporcionaría la primera aceleración y, después de abandonar el tubo, una o varias etapas de cohete continuarían impulsando el vehículo hasta proporcionarle la velocidad necesaria para entrar en órbita.
En otras palabras, HARP no pretendía necesariamente eliminar al cohete. Pretendía evitar que el cohete tuviera que hacer todo el trabajo.
El récord de 1966

HARP no se limitó a Barbados. También se construyeron instalaciones experimentales en Canadá y en el campo de pruebas de Yuma, Arizona.
En noviembre de 1966, el enorme cañón de 16 pulgadas instalado en Yuma disparó un vehículo Martlet hasta una altura superior a 580.000 pies, aproximadamente 180 kilómetros.
El proyectil abandonó el cañón a casi 4.700 millas por hora, unos 2,1 kilómetros por segundo.
Había llegado indiscutiblemente al espacio.
El disparo estableció un récord mundial de altitud para un proyectil lanzado por un cañón, récord que continúa siendo citado por el Ejército de Estados Unidos.
Pero seguía muy lejos de los aproximadamente 7,8 kilómetros por segundo necesarios para mantenerse en órbita.
El fin de HARP
Técnicamente el proyecto había demostrado que era posible lanzar instrumentos científicos mediante artillería, hacerlos sobrevivir a aceleraciones extremas y enviarlos hasta el espacio.
Pero HARP también tenía problemas.
El sistema exigía instalaciones enormes, sus posibles cargas útiles eran pequeñas y extremadamente resistentes, y durante aquellos mismos años la tecnología de cohetes avanzaba con enorme rapidez.
Además, las prioridades políticas y militares estaban cambiando y el financiamiento comenzó a desaparecer.
En 1967 el apoyo canadiense terminó y el respaldo estadounidense tampoco continuó. El proyecto fue cancelado antes de que pudiera ensayarse el sistema orbital completo.
HARP nunca lanzó un satélite.
Pero demostró que la extravagante idea de disparar instrumentos al espacio desde un cañón no era completamente absurda.
Pero Gerald Bull no abandonó la idea
Aquí podría terminar la historia.
Un extraño proyecto de la carrera espacial es cancelado, el enorme cañón queda abandonado junto al mar y sus ingenieros regresan a ocupaciones menos ruidosas.
Gerald Bull no era uno de ellos.
Después de HARP continuó trabajando en artillería de gran alcance y fundó empresas dedicadas al desarrollo de sistemas de armas. Con el paso de los años su carrera se fue alejando cada vez más de la investigación atmosférica y acercándose al comercio internacional de armamento.
A finales de los años setenta tuvo incluso problemas con la justicia estadounidense por exportar tecnología y municiones de artillería a Sudáfrica, que se encontraba entonces sometida a un embargo internacional de armas. Bull terminó cumpliendo una breve condena de prisión.
Pero seguía obsesionado con la misma idea que había perseguido desde HARP: construir un cañón gigantesco capaz de lanzar proyectiles —y eventualmente satélites— a enormes distancias.
Proyecto Babylon
En 1988 Gerald Bull encontró un patrocinador con los recursos suficientes para intentar nuevamente su sueño.
El patrocinador era Saddam Hussein.
El gobierno iraquí financió a Bull para desarrollar el llamado Proyecto Babylon: una familia de gigantescos cañones cuyo miembro más ambicioso, conocido como Big Babylon, habría tenido un calibre aproximado de un metro y un tubo de más de 150 metros de longitud.
Bull sostenía que un sistema semejante podía tener aplicaciones espaciales, incluida la posibilidad de lanzar cargas útiles a gran altitud y eventualmente colocar pequeños satélites en órbita.
El problema era evidente.
Un gigantesco cañón capaz de lanzar proyectiles a distancias enormes también resultaba bastante interesante para un gobierno que acababa de terminar una guerra de ocho años con Irán.
Así, el viejo sueño espacial de HARP terminó mezclado con tecnología militar, exportaciones clandestinas, servicios de inteligencia y las tensiones políticas de Oriente Medio.
Y entonces asesinaron a Gerald Bull
El 22 de marzo de 1990, Gerald Bull regresaba a su apartamento en Bruselas cuando fue atacado y muerto a tiros.
No parecía un robo. Entre otras cosas, el dinero que llevaba consigo quedó prácticamente intacto.
Nunca se estableció públicamente quién ordenó su asesinato.
A lo largo de los años se han señalado distintos posibles responsables y el servicio de inteligencia israelí, Mossad, ha sido mencionado con frecuencia como uno de los principales sospechosos, debido al posible riesgo militar que representaba el Proyecto Babylon.
Pero una sospecha, por razonable que pueda parecer, no es una demostración. No existe una atribución pública concluyente del asesinato.
Y aquí la historia adquiere una ironía difícil de superar.
Pero el proyecto que realmente terminó involucrando armas secretas, Saddam Hussein, componentes ocultos en exportaciones industriales, servicios de inteligencia y un ingeniero asesinado en Bruselas...
fue HARP, con una sola A.
Pocas semanas después de la muerte de Bull, autoridades británicas interceptaron componentes que estaban siendo fabricados para el supercañón iraquí.
El Proyecto Babylon nunca llegó a completarse.
El cañón que quedó atrás
En Barbados todavía permanecen los restos del gigantesco cañón HARP, oxidándose lentamente junto al mar.
Es un monumento bastante peculiar a una época en la que la carrera espacial produjo algunas ideas extraordinariamente audaces.
HARP nunca consiguió poner un satélite en órbita, pero demostró que era posible lanzar instrumentos científicos mediante un cañón, hacerlos sobrevivir a aceleraciones extremas y enviarlos literalmente al espacio.
También demostró, quizá involuntariamente, que la tecnología puede tener vidas posteriores muy diferentes de aquellas para las que fue concebida.
Y sirve, finalmente, para aclarar una pequeña confusión histórica:
El HAARP, con dos aes, estudia la ionosfera y no existe evidencia de que pueda provocar terremotos.
El HARP, con una sola A, tampoco movía placas tectónicas.
Pero cuando disparaba un proyectil desde un cañón naval de 16 pulgadas...
bueno, nadie en los alrededores necesitaba consultar un sismógrafo para saber que el experimento había comenzado.
Referencias y lecturas adicionales
- NASA / Goddard Space Flight Center: The HARP Project and the Martlet.
- NASA: Aeronautics and Astronautics, 1966, informe sobre el programa HARP.
- U.S. Army: The Big Guns: High-Caliber and Long-Range Artillery in the U.S. Army during the Cold War.
- McGill University Archives: documentación histórica y fotografías del proyecto HARP, Gerald Bull y Donald Mordell.
- Smithsonian Magazine: The Bizarre Story of Saddam Hussein's Failed “Supergun”.
- G. V. Bull: Development of Gun Launched Vertical Probes for Upper Atmosphere Studies, Canadian Aeronautics and Space Journal, 1964.
- F. W. Eyre: The Development of Large Bore Gun Launched Rockets, Canadian Aeronautics and Space Journal, 1966.


