Un faraón entra al consultorio

En realidad, Tutankamón y su familia llevaban décadas recibiendo diagnósticos médicos cuando, en 1980, la doctora Bernadine Z. Paulshock publicó en JAMA un artículo titulado Tutankhamun and His Brothers: Familial Gynecomastia in the Eighteenth Dynasty.

Paulshock llamó la atención sobre varias representaciones de faraones de la dinastía XVIII —entre ellos Amenhotep III, Akhenatón, Smenkhkare y Tutankamón— que mostraban un aspecto corporal femenino, incluyendo lo que parecía ser ginecomastia: el desarrollo de tejido mamario en un varón.

Era una observación interesante. El problema era determinar si los artistas estaban representando algo que realmente existía o si estaban utilizando una convención artística.

Y allí comenzó la diversión.

Todo empezó mucho antes

Akhenatón ya había provocado especulaciones desde que sus extrañas representaciones comenzaron a ser estudiadas por los egiptólogos modernos. El faraón aparece con rostro alargado, labios gruesos, brazos y piernas delgados, vientre prominente, caderas anchas y un pecho que, por decirlo suavemente, no corresponde exactamente al ideal masculino habitual de los faraones egipcios.

A principios del siglo XX, el anatomista Grafton Elliot Smith examinó la momia encontrada en la tumba KV55, que entonces se relacionaba con Akhenatón, y llegó a considerar que algunas de sus características podían deberse a un trastorno endocrino. Entre las posibilidades que circularon durante las décadas siguientes estuvo el síndrome de Fröhlich, una alteración endocrina que puede producir obesidad, hipogonadismo y retraso del desarrollo sexual.

Había un pequeño inconveniente con esa explicación: Akhenatón tuvo hijos.

Pero un diagnóstico descartado rara vez deja vacío el consultorio durante mucho tiempo.

Una epidemia de diagnósticos

Durante las décadas de 1970 y 1980 comenzó una auténtica procesión de enfermedades faraónicas.

En 1972 Malcolm Weller publicó en The Lancet una breve comunicación preguntándose si Tutankamón podría haber sufrido un tumor suprarrenal. Poco después J. M. Walshe planteó directamente otra disyuntiva en el título de su artículo: Tutankhamun: Klinefelter's or Wilson's?

También se propusieron hipertensión portal y ascitis secundarias a esquistosomiasis. El repertorio fue creciendo: síndrome de Klinefelter, enfermedad de Wilson, síndrome de Marfan, alteraciones de la sensibilidad a los andrógenos y distintos trastornos hormonales.

Hay que reconocer que los faraones resultaron ser pacientes extraordinariamente productivos.

El problema era que cada diagnóstico explicaba algunas cosas y dejaba otras sin explicar. Si Tutankamón tenía una enfermedad que producía ginecomastia, ¿por qué otros miembros de la familia real parecían mostrar características semejantes?

Paulshock propuso entonces una solución atractiva: quizá no se trataba de una enfermedad individual, sino de una característica familiar hereditaria.

El paciente comenzaba a convertirse en una familia de pacientes.

De unos pechos a una enfermedad hereditaria

La propuesta resultaba especialmente tentadora porque las representaciones de Akhenatón y de otros miembros de la familia de Amarna comparten ciertos rasgos: cráneos alargados, rostros estrechos, vientres prominentes, muslos voluminosos, caderas anchas y, en algunos casos, apariencia de pechos.

Si aquellas imágenes eran retratos suficientemente fieles, parecía razonable pensar que algo genético podía estar pasando.

Pero ahí estaba precisamente la palabra peligrosa: si.

El arte de Amarna era diferente al arte egipcio tradicional. Introducía posturas más relajadas, escenas familiares íntimas, movimiento y detalles menos rígidos. Akhenatón aparece acariciando a sus hijas, Nefertiti sostiene a las princesas en las piernas y la familia real recibe los rayos del Atón en escenas que difícilmente encontraríamos en periodos anteriores.

Todo eso podía dar la impresión de que los artistas se habían vuelto repentinamente “realistas”.

Y de ahí era fácil dar un pequeño salto: si las escenas eran más naturales, quizá también los cuerpos eran retratos anatómicamente exactos.

El salto es pequeño.

Las consecuencias pueden incluir varias revistas médicas.

El diagnóstico se vuelve cada vez más sofisticado

En 2009, Irwin Braverman, Donald Redford y Philip Mackowiak publicaron en Annals of Internal Medicine un estudio dedicado precisamente a los extraños físicos de la dinastía XVIII.

El trabajo procedía de una de las llamadas conferencias clinicopatológicas históricas, en las que médicos estudian a personajes del pasado como si fueran pacientes e intentan establecer un diagnóstico a partir de la evidencia disponible.

El concepto es fascinante.

En el caso de Akhenatón tenía además una pequeña dificultad práctica: el paciente llevaba muerto unos 3,300 años y su identificación entre las momias reales seguía siendo discutida.

Así que buena parte de la historia clínica procedía de esculturas y relieves.

Braverman y sus colegas propusieron una explicación mucho más elaborada que las anteriores. Tal vez la familia padeciera dos trastornos hereditarios simultáneos: un síndrome de exceso de aromatasa, que podía explicar la feminización corporal, junto con una craneosinostosis sagital que explicaría la forma de los cráneos.

Otra posibilidad era una variante del rarísimo síndrome de Antley-Bixler relacionada con alteraciones de las enzimas P450.

Habíamos recorrido bastante camino desde mirar una estatua y decir: “parece que tiene pechos”.

Ahora teníamos aromatasa, esteroidogénesis, craneosinostosis y citocromo P450.

Y todo seguía dependiendo, en buena medida, de que las estatuas fueran fotografías realizadas en piedra.

Finalmente apareció el paciente

Entonces llegó 2010.

Un equipo encabezado por Zahi Hawass publicó en JAMA un amplio estudio sobre la familia de Tutankamón. Se examinaron once momias reales posiblemente relacionadas con él y otras cinco momias anteriores utilizadas como comparación. El estudio combinó tomografía computarizada, antropología y análisis genéticos para reconstruir relaciones familiares y buscar enfermedades.

Por primera vez era posible comparar muchas de aquellas hipótesis con algo considerablemente más útil que una estatua: los propios restos de la familia real.

Y las enfermedades que durante décadas habían parecido tan atractivas comenzaron a desaparecer.

Los cráneos no mostraban las deformaciones patológicas necesarias para apoyar la craneosinostosis. Los restos tampoco proporcionaban apoyo para un síndrome de Marfan ni para Antley-Bixler. La pelvis de la momia KV55 —que el equipo consideró probablemente la de Akhenatón— no presentaba la anatomía femenina que cabría esperar de algunas de aquellas hipótesis.

En Tutankamón había además un detalle que pone un límite bastante importante a cualquier diagnóstico retrospectivo de ginecomastia: falta gran parte de la pared anterior del tórax de la momia.

Es decir, después de décadas discutiendo los pechos de Tutankamón, resulta que el faraón ya no conservaba la parte anatómica necesaria para comprobarlos directamente.

La pelvis también está casi completamente ausente.

El pene, en cambio, que se había separado del cuerpo, sí pudo ser examinado y fue descrito como bien desarrollado.

En ocasiones la arqueología resuelve preguntas que uno nunca imaginó que terminarían publicadas en JAMA.

Tutankamón sí tenía problemas

Esto no significa que el joven faraón gozara de una salud envidiable.

El estudio encontró diversas anomalías, entre ellas una necrosis ósea en uno de los pies compatible con enfermedad de Köhler II, además de otras alteraciones que podían dificultar la marcha. En su tumba aparecieron numerosos bastones, algunos con señales de uso, lo que resulta al menos coherente con que tuviera problemas para caminar.

El equipo también informó haber encontrado evidencias genéticas de infección por Plasmodium falciparum, el parásito responsable de la malaria, tanto en Tutankamón como en otras momias de su familia.

Hawass y sus colaboradores sugirieron que la combinación de malaria y sus problemas óseos pudo contribuir a su muerte.

La explicación no cerró el caso. Otros médicos señalaron poco después que encontrar evidencia de malaria no significa necesariamente demostrar que la malaria mató al faraón.

Y esto es importante porque muestra cómo funciona realmente la ciencia: obtener nueva evidencia no siempre termina una discusión. A veces simplemente permite tener una discusión mucho mejor.

Entonces, ¿de dónde salieron los pechos?

La explicación más sencilla parece estar en el arte.

Pero incluso aquí debemos tener cuidado con una simplificación. El arte de Amarna sí introdujo una representación más fluida, dinámica y en algunos aspectos más perceptiva que el arte egipcio anterior. Sin embargo, eso no lo convierte en fotografía documental.

Seguía siendo arte oficial, cargado de ideas religiosas y políticas.

Atón tampoco era, estrictamente hablando, un “dios andrógino” representado como un ser humano masculino y femenino. Durante el periodo de Akhenatón aparece fundamentalmente como el disco solar cuyos rayos terminan en manos.

Pero la teología de Atón le atribuía la capacidad de crear y mantener toda la vida. Algunos estudiosos han relacionado precisamente esa concepción con la extraña anatomía otorgada a Akhenatón: un cuerpo que reúne características que nosotros clasificamos como masculinas y femeninas y que podía expresar simbólicamente fertilidad, creación y una relación especial entre el rey y su dios.

Una estatua de Akhenatón conservada en el Metropolitan Museum, por ejemplo, muestra un pecho pesado y un vientre prominente. El propio museo señala que esa anatomía feminizada puede estar relacionada con la capacidad generadora y receptora de vida asociada a Atón.

En otras palabras, mientras el endocrinólogo veía síntomas, el artista egipcio podía estar representando teología.

El problema no era la endocrinología

Es tentador terminar esta historia diciendo que los médicos se equivocaron porque dejaron volar demasiado la imaginación.

Pero sería una conclusión injusta.

Muchas de aquellas hipótesis fueron propuestas por especialistas perfectamente competentes, que intentaban explicar observaciones reales con los conocimientos de su disciplina. Algunas se presentaron explícitamente como posibilidades, no como certezas.

Y además ésta es precisamente una de las funciones de una hipótesis científica: ofrecer una explicación que después pueda contrastarse con nueva evidencia.

El problema particular de los pechos de Tutankamón era otro: había muy pocos datos y muchísimo espacio para interpretarlos.

Un endocrinólogo conoce enfermedades endocrinas. Cuando observa ginecomastia, piensa razonablemente en hormonas, tumores o síndromes genéticos. Un genetista puede buscar un patrón hereditario. Un anatomista observa proporciones corporales. Un historiador del arte, en cambio, pregunta qué significaba representar de esa manera a un faraón en el siglo XIV a. C.

Todos están mirando la misma estatua, pero no necesariamente están viendo la misma cosa.

Y los especialistas, después de todo, también son humanos.

Una pequeña lección de los pechos de Tut

Esta historia no demuestra que la ciencia consista en científicos imaginando cosas hasta acertar. Al contrario: muestra por qué la ciencia necesita algo que limite nuestra extraordinaria capacidad para inventar explicaciones plausibles.

Ese límite es la evidencia.

Durante décadas fue posible construir diagnósticos cada vez más elegantes a partir de estatuas, relieves, fotografías y restos incompletos. Algunos encajaban sorprendentemente bien. Incluso podían explicar por qué varios miembros de una familia parecían compartir determinadas características.

Pero cuando aparecieron mejores datos, muchas de aquellas explicaciones tuvieron que abandonarse o modificarse.

Eso no es un fracaso de la ciencia. Es precisamente una de sus virtudes.

La parte divertida es imaginar a generaciones de endocrinólogos mirando atentamente unas estatuas egipcias, proponiendo tumores, síndromes cromosómicos, enfermedades hepáticas, mutaciones hereditarias y trastornos de la esteroidogénesis...

...mientras un egiptólogo, sentado quizá al otro lado de la mesa, llevaba años intentando decir:

“¿Y si empezamos considerando que tal vez el escultor quería hacerlo así?”


Referencias y lecturas recomendadas

Paulshock, B. Z. (1980). Tutankhamun and His Brothers: Familial Gynecomastia in the Eighteenth Dynasty. JAMA, 244(2), 160–164. DOI: 10.1001/jama.1980.03310020036024.

Weller, M. (1972). Tutankhamun: an adrenal tumour? The Lancet, 2(7790), 1312. DOI: 10.1016/S0140-6736(72)92685-2.

Walshe, J. M. (1973). Tutankhamun: Klinefelter's or Wilson's? The Lancet, 1(7794), 109–110. DOI: 10.1016/S0140-6736(73)90516-3.

Braverman, I. M., Redford, D. B. & Mackowiak, P. A. (2009). Akhenaten and the Strange Physiques of Egypt's 18th Dynasty. Annals of Internal Medicine, 150(8), 556–560. DOI: 10.7326/0003-4819-150-8-200904210-00010.

Hawass, Z. et al. (2010). Ancestry and Pathology in King Tutankhamun's Family. JAMA, 303(7), 638–647. DOI: 10.1001/jama.2010.121.

Seshadri, K. G. (2012). The breasts of Tutankhamun. Indian Journal of Endocrinology and Metabolism, 16(3), 429–430. DOI: 10.4103/2230-8210.95696.

Laboury, D. Amarna Art. UCLA Encyclopedia of Egyptology.